Cultura

El arte de Las Damajuanas surge desde el corazón afro

El arte de Las Damajuanas surge desde el corazón afro

Cuando se escuchan sus tambores, no hay quien se quede inerte en una silla. “Yo soy marimbera, yo soy cantora y amo el sonido de mi guasá…”, cantan Las Damajuanas, al ritmo de sus tambores.

“Es una música que nace del corazón”, expresó Karina Clavijo, quien es compositora, cantante y etnomusicóloga, sobre el ritmo afroecuatoriano que cultiva la agrupación que ella fundó y dirige desde 2017.

En esa fecha, Karina llevaba unos 20 años recopilando música de los grupos tradicionales y cantores que hacían este género, como Papá Roncón, Lindberg Valencia, Ubuntu y Ochún.

Sobre esta temática se graduó en la Universidad Andina con su tesis “Saberes musicales afroesmeraldeños: arrullos, chigualos y alabados”. Llevó sus resultados a la Universidad de Harvard (EE.UU.).

Con este acervo musical se dispuso a no dejar morir una herencia, por sus raíces esmeraldeñas. Su abuelita Guillita bailaba con la marimba y le enseñaba cantos afros.

Hizo también un trabajo de investigación con cantores para ampliar un repertorio   que incluye temas como “La caderona”, “El andarele” y “El fabriciano”. Ahora cuentan con medio centenar de cantos.

“Me empecé a involucrar con esa cultura aún más, especialmente con unos cantores como don José Mora, Rosa Wila, Erodita Wila, Papá Roncón y Las Cantoras de Borbón, e hice un trabajo  de recopilación de otros temas que no son tan conocidos”.

Las Damajuanas cantan esas canciones y otras de la autoría de su directora. En apenas dos años se han posicionado en este género a nivel nacional, presentándose en festivales nacionales e internacionales de música afro, como Brasil, Argentina, Bélgica y España.

La agrupación suele recibir a músicos por temporadas, para incorporar otros sonidos con la base de la música afro. Próximamente sumarán otros instrumentos para fusionar, penetrar en el mercado y difundir su música.

“Nosotros estamos reconstruyendo algo que es difícil sostener, que es lo tradicional”, dijo Eliana Bieger, quien estudió música durante 10 años en Argentina y ahora se ha incorporado al grupo que vio surgir junto a su madre.

La ambateña Violeta Muñoz, quien toca la flauta, llegó a Las Damajuanas por invitación de su amiga Johana Jara.  Bastó con un ensayo para definirse por este grupo. “Me enamoré de esta música”.

Ana Paola Chila (“Pina”) inició con Petita Palma, una grande de la marimba esmeraldeña. En su provincia natal tocaba el bombo en un colegio católico cuando su amigo Anthony Ruano le comentó sobre esta agrupación donde él era bailarín. Ahora está motivada por la percusión porque no es común que mujeres en este país toquen ese instrumento.

Karina, quien ya tiene un trabajo musical anterior a Las Damajuanas, ha tratado de incentivar esta música como compositora e investigadora, “para que (las canciones) no se queden encerradas en las fronteras esmeraldeñas”.

La música que hacen se escucha en radios no comerciales, como las comunitarias. Les ayuda que la legislación vigente favorezca a la inclusión de estos ritmos en los espacios audiovisuales y en espectáculos artísticos.

“Hay como un cambio de mente y de paradigmas y un respeto por esta música y los músicos que la hacen”, aseguró Karina. Le preocupa que los ecuatorianos desconozcan estos ritmos y no se empoderen de las raíces de su música, lo mismo de la andina que de la afro.

Las Damajuanas también buscan insertar otros instrumentos que no son del formato tradicional, como es el bajo, la flauta y el clarinete, en la búsqueda de un estilo propio. “Estamos dándole a esta música nuestra característica, porque no podemos despegarnos de la modernidad”, explicó su directora.

Así penetran en el mercado y hacen perdurar este género  con su sonido base (bombo, cununo, marimba y guasá), para conservar su raíz. “Estos instrumentos son esenciales para darle ese color que es realmente el primario”.

El proyecto ha ido creciendo un contexto de auge del movimiento de la música afro en Ecuador, a partir de los programas que empiezan a incluir centros como la Universidad Central de Ecuador.

Eliana, quien siempre ha acompañado “con mucha curiosidad” las investigaciones de su mamá, considera que el Estado debe asumir la producción y difusión de esta música que forma parte de la cultura nacional.

Generalmente -dijo- son los músicos quienes autogestionan con sus recursos, desde la difusión de sus conciertos hasta la grabación de un disco o un videoclip.

Violeta acepta que, siendo mujeres, deben esforzarse el doble para que su música sea reconocida, lo cual les motiva a abrirle camino a otras.

Karina Clavijo tiene un derrotero que parece dispuesta a cumplir: “Es cuestión de voluntad propia no dejar morir esta música, y por eso pienso en Las Damajuanas como un proyecto cultural, que vaya más allá de la música”. (I)