Cultura

Hacia el centenio de Medardo

Hacia el centenio de Medardo

Olvidemos por un momento que se acercan los cien años, olvidemos que perteneció a los decapitados y olvidemos en qué lugar se sabe posar el alma cuando cobra vida en una poesía, gracias al juego de entonadores sin rostro. Seamos de música triste. Pensemos, démonos cuenta que de vez en cuando, en algún momento de viaje, pisamos una calle que el aludido pisó y quizá así nos sintamos un poco extraños…extrañados. No lo nombremos tampoco, él sabe a quién nos referimos. Ronda por aquí, intentando llegar a algún lado, escucho sus pasos…

Quizá la literatura habite en un lugar tan lejano que nos olvidamos que en el día a día seguimos los pasos de este poeta y de muchos otros más, de otros de los que no sabremos nada y de los todavía no se han consagrado a la memoria. ¿Quién podría decir a ciencia cierta en que escalón de Las Peñas nació un poema, amparado por las luces, olores y sonidos de una ciudad que marcha hacia la madrugada? ¿Qué hay de los seres que equipados con sus máscara conocen los mismos placeres del poeta? Hemos estado aquí, afilándonos con versos que otro escribió-escribe-escribirá mientras engullimos el almuerzo al mediodía, nuestras pisadas han amamantado a la misma ciudad en este siglo por cumplirse. Reconocer que habitamos la ciudad de esta manera no es costumbre, pero tampoco debe ser olvido. Podríamos ser nosotros mismos quienes rozamos con ese mundo en un viaje cualquiera. Hay que pensarlo.

La literatura sobre todo la confinada al recuerdo y a la costumbre sufre de un problema: no la creemos cercana. Más difícilmente la creemos real, pero nos ubicamos, con fugacidad, en los mismos espacios. Puede que nunca entendamos que cuando percibimos un sabor o saboreamos cierta compañía, aspiramos humo de tabaco o refresca la cerveza o ambas participamos de los mismos mundos sensuales que se conjugan en una bala que cruzará nuestra sien o que nos matará a traición, depende de en cuál crean, sin lograr nunca convertirse en una palabra, no importa cuántas veces recorra nuestro cerebro. Tal vez es cuestión de perspectiva, puede que me equivoque y sea de visión, pero, en teoría, todos podríamos escribir acerca de lo mismo. De todo se hace una crónica, así lograremos acercarnos.

Cortesía de Vanessa Díaz

Sin embargo, como somos música podemos ser parte de un río. Podemos montar al de los cien años, nuestro protagonista silencioso, al que murió a puntapiés o aquel que andaba por las islas y salir a viajar sin virar de la esquina, así como encontrarlos en cualquier carretera. Se puede asumir cualquier caminata con humor o aires lúgubres, ver a la muerte a nuestro lado y darnos cuenta de que, por esta vez, es la del autor de cierta 'Alma en los labios' que no se ha ido y que cumple cien años, relativamente, ya mismo. Cuando haya una próxima vez podemos planearnos un viaje de desconocimiento y encontrar los pedazos de aquello que he mencionado: pedazos de conciencia o lo compartido, así sea solo parar y quedarnos absortos por un segundo. Propongo que no le dejemos la memoria a los cantos, hasta los griegos superaron esos amores, y que en cualquier viaje veamos a este país, o a cualquier otro, como aquel lugar donde se formaron nuestras canciones, libros, dramas, etc. En estos ríos nos reunimos fraternalmente con los muertos.

Por eso cuando llegue la hora, el minuto y el segundo exacto deberíamos de caminar solo para detenernos con la última campanada con el objetivo de decir: Yo soy ese de aquí y luego serlo el año siguiente. Esta es la fórmula de celebración para el aniversario. Habiendo hecho, a fuerza de visión, una ciudad más nueva; ir a la tienda por el pan o pasar el limbo de algún trámite en el centro no sería tan aburrido. Cerramos esa transacción y regresamos. El cielo es un olvido más liviano porque alguien nos ha escrito invisiblemente. Quizá el cielo no se vaya nunca...este, a veces, no nos deja irnos. Decimos adiós a esa orilla. Falla el olvido porque, mientras tanto, sigue…seguirá dando vueltas por aquí, él, al igual que lo haremos nosotros. Lo escucho saliendo a la calle. Eco. (O)

Olvidemos por un momento que se acercan los cien años, olvidemos que perteneció a los decapitados y olvidemos en qué lugar se sabe posar el alma cuando cobra vida en una poesía".

Esto fue una colaboración de Daniel Bastidas