Cultura

"Monos" recoge lo íntimo de todas las guerras

En su viaje hacia la locura, un grupo de soldados adolescentes tiene la misión de cuidar a una vaca en la jungla. Un páramo frío es el escenario de Monos, película que Alejandro Landes presentó en el FLACQ (Festival Latinoamericano de Cine de Quito).

“La idea de que nuestros países tienen lindos paisajes y que por tanto hay que mostrarlos o que por ellos hacemos buenas películas me parece un poco absurda”, dice con una media sonrisa el cineasta colomboecuatoriano.

Y su obra lo reafirma: Monos es un nombre que alude a la soledad de ocho personajes en una crisis mutua. Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) aparece como influencia, acaso recreación con reglas propias, las de la historia latinoamericana.

Pero el contexto es atemporal y alcanza a ser universal porque no se debe a un capítulo de la historia reciente sino a todos. La guerra es para lo que se preparan los jóvenes al borde de la locura, en caminos pesadillescos sobre los que no falta el amor ni reconocerse como humanos.

“Los paisajes sirven como un reflejo del estado interior de los personajes”, explica Landes, unas horas después de haber estrenado el filme en el Teatro Nacional, sobre una pantalla que requirió una pausa en medio de la proyección para remplazar el formato de la cinta. La impaciencia de algunos espectadores fue visible pero la historia no les fue indiferente.

En el FLACQ se proyectarán 13 películas hasta esta tarde y noche y la inaugural, Monos, empieza como un amanecer o un ocaso, idilio entre las montañas que no tienen nombre, no se sabe dónde están pero se localizan en un mapa de emociones.

Realizada en Colombia, las posibilidades de sus personajes son varios: pueden ser guerrilleros, paramilitares o soldados del Ejército, todos rasos, a 4.000 metros sobre el nivel del mar.

El grupo de combatientes se reconoce a través de situaciones extremas, como la misión de cuidar a un animal, lo que tendrá consecuencias fatales.

Cortesía / Sundance Film Festival

Al pasar de los días, con lluvia, sol, sombra, uno empieza a imaginarse un rodaje como el de Fitzcarraldo (Werner Herzog, 1982) y, sí, el elenco estuvo sometido a condiciones extremas, incomunicado, con descansos fuera de casa y entrenamientos físicos, teatrales y psicológicos.

Rambo (interpretado por Sofía Buenaventura), Pata Grande (Moisés Arias), Lady (Karen Quintero), Pitufo (Deiby Rueda), Lobo (Juan Giraldo),

Perro (Paúl Cubides) Boom Boom (Esneider Castro) y Sueca (Laura Castrillón) son los nombres de combatientes que se funden en el anonimato y se desintegran.
El equipo de Monos consideró a 800 posibles actores de todo el territorio colombiano. Una primera selección fue de 30, que fueron a un campamento. En la mañana hacían ejercicios de improvisación, actuaban y, en la tarde, la preparación era física.

El resultado de ver el desarrollo (coqueteos y distancias) de esa minisociedad fue el parámetro para elegir a los ocho protagonistas, “una manada”, puntualiza el director, en La Cafetina de Ochoymedio.

De entre los actores citados, solo Arias es profesional, además de la rehén del grupo, La Doctora (Julianne Nicholson) que apenas entiende el español de sus captores.

Wilson Salazar fue el intérprete de El Mensajero, una suerte de comandante (la voz del mando de La Organización) tiene una experiencia real en el conflicto: es un desmovilizado, que manejó armas desde los 11 años en un grupo armado de Quindío.

Landes −hijo de un panameño radicado en Ecuador− admite que el tratado de paz en Colombia aún genera expectativa entre la ciudadanía “aunque se vea que es una paz tenue, frágil”, lo cual le añade dramatismo al filme, en el sentido de que el abismo de la historia puede ser real.
“La sociedad está saturada de ver la guerra en televisión, eso desde Irak, pero abordar el género de una manera refrescante era lo que busqué, yendo más allá de un bando, con brumas como las latinoamericanas, en las que no saben dónde estás y hay alianzas”, explica Landes.

Pese a los visores infrarrojos y helicópteros Black Hawk, el tiempo también está transgredido y la música lo refuerza: hay sonidos orgánicos, como el soplar de una botella o el silbido de alerta de El Mensajero, hasta otros sintéticos, que parecen haber salido de una discoteca de Berlín o de sintetizadores.

En siete países se ha visto la película, cuya historia va más allá de Colombia y del conflicto irresuelto.

“Es bueno el diálogo, que ya no nos matemos, pero sobre la llegada de la paz dejaré que los ojos de Rambo, al final de la película, den un veredicto”, concluye el cineasta. (I)