Cultura

Un fotolibro registra la memoria del terremoto

Cinco días después del terremoto de 7.8 grados en la escala de Richter que registró Ecuador en 2016, los fotógrafos Isadora Romero y Misha Vallejo recorrieron las zonas más afectadas en Esmeraldas y Manabí con unas cámaras instantáneas que Vallejo había guardado por algún tiempo en su refrigeradora.

A diferencia de la avalancha de medios de comunicación que se volcaron a registrar a las víctimas del terremoto, ellos querían generar una memoria.

En sus recorridos les preguntaron a los habitantes sobre sus experiencias, lo que sentían o pensaban después de la tragedia.

Constataron que la instantánea era una forma de registrar lo que ocurría, que una fotografía que se capta en formato análogo y cuya impresión dura un minuto -dos segundos más de lo que duró el terremoto- era una forma de hacer catarsis.

“Sabíamos que teníamos que viajar a la zona, documentar y no pensar en la urgencia. Pensamos en historias más lentas. Con las polaroids era importante crear algo material en una zona de destrucción. Desde el primer momento estuvo claro que era el formato correcto y que nuestro método tenía que ser de escucha”, dijo Vallejo.

Para Romero, este formato tiene sentido porque es incorruptible. “Era importante que la gente quede protegida por este material”.

En el libro los afectados del terremoto tienen un retrato en el lugar en el que han escogido y han escrito con su propia letra lo que esperan del futuro.

Romero piensa que el libro cobra importancia porque “al juntar los testimonios se convierte en una memoria colectiva, son las voces de los afectados, alejados de los datos fríos, contado desde la gente, desde su puño y letra y cuando juntamos estos testimonios se adquiere otra fuerza y relevancia”.

Una vez que terminaron su recorrido Vallejo y Romero presentaron las fotografías por dos ocasiones en muestras, pero creían que había una necesidad mayor, que se quede para la posteridad, y que las fotografías y los testimonios de la gente debían viajar a más ciudades hasta llevarlas de vuelta a la Costa.

Con esta idea se convirtió en un libro al que llamaron Siete punto ocho.

“Era súper importante que este libro sea como un homenaje para los afectados. Decidimos emprender una larga travesía para hacerlo”, relató Romero.

Luego de presentar la publicación en abril pasado en Ecuador, viajaron a España e hicieron el lanzamiento del trabajo fotoperiodístico en Barcelona y Madrid.

Ahora, mientras viajan por un nuevo proyecto documental, les llegó la noticia de que su libro recibió una mención de honor, en el Premio Poy Latam, que este año hizo su sesión de selección en Ecuador.

El primer lugar en la categoría de Mejor Libro de Fotografía fue para Elizabeth Ferry y Stephen Ferry, por su trabajo en La Batea, una publicación que además de seguir el conflicto colombiano se pensó como una especie de homenaje para los trabajadores de oro en el país vecino.

Este año, el jurado del POY Latam estuvo conformado por: Sarah Leen; directora de fotografía de National Geographic, Maya Goded; fotodocumentalista mexicana, Francois Coco Laso, fotógrafo ecuatoriano; Adriana Zehbrauskas; fotodocumentalista brasileña; y el fotógrafo peruano Musuk Nolte.

Además, para  las categorías multimedia, se sumaron el cineasta ecuatoriano Sebastián Cordero; Janet Jarman, fotoperiodista y cineasta documental norteamericana; y la fotógrafa mexicana Yolanda Escobar.

El brasileño Felipe Dana ganó el certamen en la categoría Fotógrafo Destacado del año. En el resto de fotografías resaltaron los nombres de Santi Palacios, en Vida Cotidiana (individual), Guillermo Arias, en la categoría Noticias (individual), Gisela Volà, en la categoría Retrato (individual), y el ecuatoriano Diego Pallero, en la categoría Deportes (individual). 

Vallejo y Romero coinciden en que la fotografía documental no puede cambiar absolutamente nada sobre la sociedad. Piensan que las personas de manera organizada son quienes deben exigir a sus gobiernos, los cambios ante determinadas situaciones. “La fotografía no puede lograrlo sola”, dijo Vallejo.

“Para nosotros es importante dejar claro que la fotografía si no cambia algo te ayuda a generar sensaciones, conectarte con el otro de otra manera. Somos críticos con el periodismo amarillista. Ahora tenemos que tratar con mucha ética a los sujetos que fotografiamos, a los gobiernos les atemorizamos”, agregó Romero.

Relataron que de su proyecto quisieron apropiarse varios políticos, como una forma de aproximarse a un problema que aún se ve distante desde el poder. “La fotografía puede usarse desde el Gobierno para tergiversar”, concluye la fotoperiodista. (I)