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Jorge Barraza: Balón de Oro para toda la vida

Jorge Barraza: Balón de Oro para toda la vida

“Nunca tuve miedo en un campo de fútbol, pero había un tío ahí en España que, bueno… Un tal Larrañaga, zaguero vasco de la Real Sociedad. Era durísimo, terrible. Yo estaba recién llegado al Barcelona y vamos a jugar a San Sebastián, en el viejo estadio de Atocha, que cuando ibas a tirar un córner te enganchaban del pantalón con un palo de golf o con un paraguas. Te hacían la vida imposible, las gradas estaban encima. Apenas empieza el partido este Larrañaga se me acerca, traza una raya en el pasto con los tapones de las botas y me dice, señalando a su arco: ‘Chaval, de aquí para allá es mi territorio, no puedes pasar, hacia el otro lado haz lo que quieras’. Lo miré y no le dije nada. Durante el partido me lanzaron dos balones largos, piqué rápido y marqué dos goles, ganamos 2-0. Pero no me confié un segundo, cuando él andaba por izquierda yo me iba por derecha, y viceversa, nunca me le puse cerca, y menos andar con pelota dominada. Al final nos íbamos para los vestuarios y siento que le dice a un compañero: ‘Es el único chaval que no me entendió lo que le dije’. Yo estaba cerca y le respondí: Te entendí todo, cabrón, ja, ja, ja…”.

Hristo Stoichkov es un manantial de anécdotas contadas con gracia y picardía, en ese tono balcánico tipo Dusan Draskovic o Bora Milutinovic; economizan palabras y las compensan con gestualidad. Tiene toda la calle adentro, aprendida en las ásperas esquinas búlgaras, mezclado entre gitanos y turcos. Calle y mundo. Compartir tres días intensos con “Jristo” es un regalo de la profesión. Adora a Johan Cruyff. “Johan sabía todo. Yo nunca había jugado por la derecha. Me dijo: “Tú vas a jugar por la derecha”. ¿Pero cómo…? Nada, jugarás allí y harás muchos goles”. Así fue.

Recuerda como a un padre a José María Minguella, el famoso empresario catalán que lo llevó al Barcelona. “El único que nunca le sacó un peso a un jugador. Yo le decía: pero José María, toma una parte para ti. ‘No, hijo, eso es para tu familia’. Pero ¿y tú…? ‘Que no, que no’. Él se arreglaba con el club”.

Quiere entrañablemente a Cataluña y al club azulgrana, aunque se enfurece cuando piensa en el actual proceso de autodestrucción futbolística en que se encuentra el club donde pasó los mejores seis años de su vida. Allí ganó quince títulos, participó del célebre 5-0 al Real Madrid e integró el Dream Team junto con Michael Laudrup, Guardiola, Romario, Zubizarreta, Ronald Koeman… A su modo, admira al holandés: “¡Si Ronald se ponía bravo, había que aguantar a ese cabrón!”.

Se encontró con Alfaro Moreno, quien le contó que en esa misma época jugó tres años en el Espanyol. “En el club todos deseaban que descendiera el Espanyol, yo les decía que no. ¿Pero qué, están locos…? Que se quede, son uno o dos viajes menos por año, seis puntos seguros y premio doble por ser derby. Aunque una vez nos ganaron y nos estropearon una liga”.

En el Barça ganó 15 títulos, participó del célebre 5-0 al Real Madrid e integró el Dream Team junto con Laudrup, Guardiola, Romario, Zubizarreta, Ronald Koeman…

A veces se fastidia de tanto autógrafo, de tanta foto que le piden. Le decimos, en la única forma que funciona con él: “Eso te pasa por ser Balón de Oro”. Hristo puso a Bulgaria en el mapa del fútbol internacional. Salió del CSKA de Sofía, llegó al Barça y ganó cuatro ligas seguidas, la Copa de Europa, la Recopa, fue goleador del Mundial 1994, pero su tarjeta de presentación pareciera ser el Balón de Oro ganado en ese 1994. Lo será para toda la vida.

Invitado de lujo del Bichito del Fúbol, en estos días entre Quito y Guayaquil fuimos beneficiarios de su verborragia, sus recuerdos, su chispa notable. Cada vez que se pone serio significa que va a lanzar una humorada. Le dolía la espalda y fue a que le dieran unos masajes. Tal vez estás estresado, Hristo, le decimos. Contesta con toda seriedad: “¿Estresado…? Yo hago tres cosas al día: levantarme, desayunar y jugar golf”.

En verdad tiene algunas ocupaciones. Es presidente y accionista del CSKA de Sofía, el club donde ganó la Bota de Oro europea en 1990 (38 goles en el campeonato). Ello pese a que vive en Miami desde 2008, cuando comenzó a trabajar como comentarista en la cadena de TV Univisión. Pero ama Chicago. “Es una ciudad fantástica. Y mi sueño es dirigir al Chicago Fire. Quiero volver”. Allí jugó en sus primeros tres años en la MLS. Salvo honrosas excepciones, como Ferenc Puskas, Ladislao Kubala, Sandor Kocsis, Zolntan Czibor, que lograron huir del régimen húngaro, el comunismo fue una cárcel para tantos cracks del este europeo que hubiesen podido brillar mundialmente y quedaron a la sombra de la Cortina de Hierro. Lato, por ejemplo, no se pudo mover de Polonia hasta los 30 años. Si desertaban tras un viaje, los amenazaban con matar a su familia. “Cuando viajábamos con la selección búlgara, en el avión iban más guardias del Ejército que jugadores. Eso me ponía mal. Yo les preguntaba: ¿para qué vienen tantos…? “Por si roban o se escapan”, me decían. ¿Y qué voy a robar yo…? ¿Cómo me voy a escapar, si tengo a mi madre y a mi padre en Bulgaria...?”.

Hristo tuvo suerte: a sus 23 años cayó el Muro de Berlín y salió el sol. Le apareció el Barça en su vida. Otra mano del destino es haber jugado con la mejor generación búlgara de todos los tiempos: la de Balakov, Kostadinov, Penev, Ivanov… Bulgaria había participado de cinco mundiales con un récord fatídico: jamás había ganado un partido. Con Stoichkov y compañía llegaron a semifinales en Estados Unidos 1994, venciendo, entre otros, a Argentina y Alemania. Una hazaña que sacó al país a las calles. Antes había logrado otra increíble: eliminar a Francia en París en el último minuto del último partido. A falta de dos jornadas, Francia necesitaba apenas un empate para llegar al Mundial estadounidense.

Le quedaban dos ‘partiditos’ en casa: ante Israel y Bulgaria. Derrotaba a Israel 2-1 hasta el minuto 83, pero insólitamente cayó 3-2. Sin embargo, tenía una bala más: empatar con Bulgaria. Lo estaba logrando hasta el minuto 90, cuando Kostadinov rompió el arco del Parque de los Príncipes, el Arco del Triunfo y dejó tambaleando la Torre Eiffel: 2-1 y Bulgaria al Mundial. “Si Kostadinov no hacía el gol lo mataba, yo estaba solo en el área para meterla”, dice Hristo.

Reconoce que tenía un carácter fuerte. “En el partido anterior, con Israel, jugamos horrendo y empatados a 2 en Sofía. Al terminar el primer tiempo prendí un cigarrillo en el vestuario. Ellos (por sus compañeros de selección) sabían que cuando me ponía a fumar era porque estaba furioso”.

Dice que sufrió la muerte de su excompañero Trifon Ivanov como la de un hermano. “Desde Miami hablaba los 365 días del año con él. “¿Tomaste las pastillas…? ¿Hiciste lo que te dijo el doctor…?”. Pero un día su corazón no aguantó más. Había bebido y fumado mucho”.

La frase “genio y figura hasta la sepultura” parece haber sido creada para él. Lo describe. Podríamos llenar páginas enteras con Hristo. Hasta aquí llega el diagrama. (O)