Vida

Historias del encierro: "El Apocalipsis desde una ventana"

Historias del encierro:

Una X negra marca el día sábado 4 de abril. Es la X número 23 en el calendario que he pegado en la puerta de la refrigeradora. Es la cantidad de días que llevo en cuarentena al igual que miles de guayaquileños. Las 24 horas del día se vuelven interminables cuando tienes que despertar, entrenar, desayunar, almorzar, trabajar, estudiar, asearte y dormir en el mismo lugar.

Fue una novedad, muchos siempre quisimos vivir así: en pijama, viendo ‘tele’, revisando las ‘fake news’ (noticias falsas) en las redes sociales. Muchos -como en mi caso- hacíamos por primera vez una videollamada familiar, también empezamos a disfrutar de maratones de películas, documentales, series, libros y de un cargamento audiovisual que, de no ser por la cuarentena, nunca lo habríamos podido ver.

La primera semana de este Apocalipsis que he visto a través de mi ventana fue, tal vez, la que mejor se pudo llevar. Aún la alarma no se había encendido, veíamos lejano el problema, no intuimos que se transformaría en este grave ‘despelote’. Creímos, inocentemente, que esto acabaría pronto. Fallamos en todo, hasta en la compra del papel higiénico para la emergencia.

El panorama cambió en la segunda semana. El número de infectados aumentó, sin embargo las redes aún no se incendiaban y los memes seguían llegando para entretenerme. Pero de a poco todo fue cambiando, o más bien todo se fue desbordando.

No recuerdo cuándo fue la última noticia positiva que escuché o leí. No nos preparamos para lo peor. Por los grupos de WhatsApp se divulgaba el mapa oficial que pintaba de rojo a Guayaquil por la cantidad de contagiados. Al mismo tiempo me llegaban las recomendaciones de cómo lavarme las manos y de la tan codiciada N95, la única e inalcanzable mascarilla que no permite el paso del COVID-19.

Lo más trágico todavía no asomaba. Mi rutina normal de vacaciones fue interrumpida por el teletrabajo que llegó para ‘animarme’ el encierro. Claro que los primeros días me sentí animado a cumplir con la ceremonia matinal previa al trabajo: bañarme, ponerme la ropa regular para laborar y hasta desayunar a la misma hora de siempre. Pero el entusiasmo se extravió en el camino y los días se volvieron indescifrables. Mi horario de descanso se alteró y empecé a perder la noción del tiempo. El desayuno se convirtió en almuerzo y la madrugada se transformó en mi jornada productiva.

Historias del encierro: “El Apocalipsis desde una ventana”

De pronto todo se vino de golpe: toque de queda, calles vacías, desabastecimiento, muertos, bloqueo en una pista de aterrizaje, ciudadelas enteras aisladas, autoridades contagiadas, muertos, la provincia bloqueada, supermercados sin rollos de papel higiénico, más muertos, gritos desesperados en redes, el presidente no aparece, muchos más muertos, militares en las vías, pero la gente igual no respeta, más muertos...

En casa, y un poco alejado de esa triste realidad, también nos contagiamos de la ansiedad colectiva. Si alguien tosía nos preocupábamos. Teníamos el termómetro a la mano para cada hora tomarnos la temperatura. El tan criticado paracetamol pasó a ser el bien más preciado del hogar.

La sugestión creció con el paso de los días, cualquier señal de nuestro cuerpo era una alerta para actuar.

La higiene diaria también cambió. Los baños en alcohol, la limpieza correcta de las manos ‘hasta desaparecer las huellas de los dedos’, taparse la boca para toser y no estrechar la mano, todo bien aprendido.

El doctor Albuja se convirtió en el ‘gurú’ o ‘santo’ al que ahora muchos se encomiendan. Incluso, hasta los más atrevidos, lo han propuesto como nuevo ministro de Salud.

Vivimos con la preocupación de que algún familiar, amigos, nuestra gente más cercana, se enferme. Nunca antes algo nos había intranquilizado tanto a todos por igual. No veo al virus, pero siento su doloroso efecto que destruye vidas.

Por eso quiero que esto acabe pronto y poder desempolvar ese abrazo contenido, el contacto físico con la persona que extrañas y beber cerveza para celebrar la vida. Guayaquil, estamos unidos en esta batalla y de aquí saldremos con una sonrisa.