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Jorge Briones, 'Ochipinti', pidió que llevaran su ataúd hasta su cangrejal

Jorge Briones, 'Ochipinti', pidió que llevaran su ataúd hasta su cangrejal

Lo repetía siempre: solo la muerte lo dejaría quieto. Pero aun así, inmóvil en su féretro, Ochipinti impregnó su velación y sepelio con su estilo. A Jorge Briones no le gustaba que le llamaran por su nombre. Él era Ochipinti u Ochi, el ‘duro’ de los cangrejos de Guayaquil y cuyo apodo fue elogiado por el mismísimo Julio Jaramillo.

Desde que el Ruiseñor de América le dijo que ese sobrenombre le iba bien con su personalidad, no dejó que lo llamaran de otra manera. Además, así bautizó su cangrejal.

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Por su emblemático negocio, instalado hace 60 años en Los Ríos y Pedro Pablo Gómez, siempre estaba rodeado de gente. Por eso, sus hijos están seguros de que la cuarentena provocó que su salud se deteriorara. Esther, una de sus hijas, llora. Pero sus lágrimas se mezclan con la alegría que Ochi les daba con sus ocurrencias, con su agilidad.

Tenía 84 años, pero se movía como un niño inquieto. Antes de que la pandemia empezara, se levantaba todos lo días a las 06:00 a comprar pan. Luego, llamaba a sus hijos, a sus nietos y les pedía que fueron la casa, donde vivía con su amada Ana Robalino, la mujer de la cual se enamoró cuando tenía 22 años.

Días antes de su muerte, ocurrida el 25 de mayo, y con sus pulmones deshechos por una afección que se fue agravando de a poco, quiso preparar todo para su despedida.

Jorge Briones, ‘Ochipinti’, pidió que llevaran su ataúd hasta su cangrejal
La familia de Ochipinti siempre ha estado a su lado en todo momento.

“Él nos engañó”, solloza Esther. Hasta lo último les dijo que estaba bien, que se levantaría de la cama, pero por dentro, Ochipinti ya sabía que se iría. Por eso, pidió pastel y gaseosa negra y comió hasta saciarse.

Dos días antes, hizo llamar a sus hijos, sobrinos y diez nietos para, uno por uno, darles su bendición desde la cama donde yacía conectado a un tanque de oxígeno. También les solicitó un favor especial, que llamaran a una peluquera para que le cortara el pelo y no estar mechón.

Dijo que solo lo metiesen al ataúd con aquel terno gris que usó en los quince años de su adorada Paulita, su nieta. Y así lo hicieron. Su velatorio, donde acudían sus familiares de a poco y tomando medidas de bioseguridad, estuvo cargado de anécdotas y nostalgia porque los familiares recibían incontables mensajes para decirles que lo extrañarían, que Guayaquil había perdido a un hijo querido.

Antes de convertirse en Ochipinti, Jorge hizo de todo: vendió periódicos, encebollado en balde y lustró zapatos. A los 10 años se embelesó mirando cómo una señora preparaba cangrejos y encontró el oficio al cual le dedicaría toda su vida.

Jorge Briones, ‘Ochipinti’, pidió que llevaran su ataúd hasta su cangrejal
Sobre su ataúd reposaba una foto de él junto a su tercer hijo, Carlos.

Así empezó, junto a la sazón de su madre, a recorrer las calles de Guayaquil con una bandeja repleta de cangrejos sobre su cabeza. Luego se instaló en su local del centro porteño. Aunque se renovaba de vez en cuando con su utilería, siempre se resistió a cambiar las tradicionales mesas de madera por otras de plástico.

Según su otra hija María, justo esa fue la clave de su éxito y de que muchas personas le tuvieran aprecio. Ella misma recuerda el primer día en que fue a ayudarle en el cangrejal. Le dijo que si le tocaba regalar un plato de comida a quien lo necesitaba, tenía que regalarlo.

A las 13:30 de hoy, su féretro saldrá de su domicilio, ubicado en Ayacucho y la 20, con dirección a la puerta 1 del cementerio general, donde será sepultado junto a su hijo mayor, quien falleció hace 17 años.

Pero antes, y cumpliendo a otro requerimiento de Ochipinti, sus hijos lo llevarán hasta el mercado de la Caraguay, donde hizo incontables amigos. También les pidió que llevaran su ataúd hasta su negocio, ese al que le dedicó toda su vida y por el cual será recordado siempre.