Vida

José Alberto, el exorcista oficial de Quito

José Alberto, el exorcista oficial de Quito

Viste un hábito negro y en su cuello luce el clásico clériman blanco. Sentado detrás de un escritorio de madera en el que resaltan una gran cruz y una Biblia de más de 100 páginas, cierra sus ojos y se concentra para hablar del demonio... Su nombre es José Alberto Lizano. Es el vicario de la parroquia Santiago Apóstol de Chillogallo. Y su misión es liberar a las almas poseídas por Satanás. Porque él es el exorcista oficial de Quito.

“Era un bello ángel... lo llamaban Luzbel, pero se rebeló por soberbia contra Dios, quería ser como Él”, relata, de acuerdo con lo que dicen las escrituras sagradas, el padre José, con 44 años y nacido en Guayaquil.

Desde niño supo que entregaría su vida a Dios. Hizo sus estudios eclesiásticos en Loja, cuatro años aprendiendo Teología y tres Filosofía. Fue en esa ciudad donde conoció al sacerdote italiano Salvatore di Modica Justo, quien lo introdujo en esta práctica religiosa. Él fue exorcista durante 40 años en la Diócesis de Loja y conocía lo suficiente sobre ello.

Desde entonces el sacerdote José ha realizado 15 exorcismos. Y hoy lleva más de un mes frente a las actividades de la iglesia Santiago Apóstol del sur de Quito.

Recorre el templo observando que todo esté en orden. No descuida, en ningún momento, la atención a los feligreses, quienes llegan en busca de consejos y orientación. “El padrecito es bueno... nos hemos enseñado a él. Cuando dialogamos, en cada una de sus palabras existe motivación”, cuenta Rosalía Chupitarco, una fiel de la parroquia.

“Debemos siempre mantener la fe en Dios y no caer en la debilidad”, continúa.

El padre José explica que la curiosidad hace que las personas busquen el peligro y resulten afectadas psicológicamente. De alguna manera, algo las conduce a celebraciones paganas y ritos satánicos. “Acá viene mucha gente pensando que uno es curandero o chamán”. Y qué equivocados están.

José Alberto, el exorcista oficial de Quito
Los santos óleos que son untados en la frente de las personas que buscan liberarse.

Quieren que los cure. Pero no es tan sencillo. Primero, explica el sacerdote, deben dialogar. Y él, informarse sobre el tema para poder ayudarlos, porque –dice– “estamos al servicio del pueblo de Dios”.

¿Pero cómo identificar a los poseídos? Al ponerles la cruz de Jesús a 20 centímetros del rostro, reaccionan. Le temen. También blasfeman, sus ojos están desorbitados, se expresan en lenguas muertas, levitan y, en algunos casos, caminan por las paredes... Son personas que han hecho pactos en misas negras o que abren la puerta ‘al más allá’ y entran esos entes paranormales.

Estos toman posesión de una persona sensible o débil y entran a través de sus sentidos: ojos, boca, pensamientos y oídos, cuando se deja seducir por palabras cautivantes.

Nombrado como exorcista por monseñor Fausto Trávez (quien posee la facultad para hacerlo), tiene 27 años de experiencia en esta rama. El exorcismo es sacramental y lo ejerce el sacerdote que ha sido reconocido por la Iglesia tras cumplir requisitos y cualidades como ser docto y prudente.

Para la liberación del demonio, el sacerdote explica que primero realiza una invocación en latín y luego utiliza los óleos benditos: el Santo Crisma catecumenal, la cruz de madera con el Cristo, la medalla de San Benito, la estola, bendice el agua y la sal, esta última como elemento fundamental para dar sabor a la vida.

La persona, tras ser liberada del demonio, tiene un giro de 180 grados. Su familia ve un cambio y da testimonio de su fe, manifestando que fue sanada y liberada. “No se puede reincidir tras haber pasado por una experiencia fuerte”, expresa el padre Lizano, debajo de la sotana que ahora mismo es como su escudo religioso contra el oscuro Satanás.