Vida

Juntos en el amor y en la enfermedad

Juntos en el amor y en la enfermedad

Patricio Abata despertó al séptimo día con el cuerpo envuelto en tubos y ‘enchufado’ a una docena de máquinas... todo lo que podía recordar era la voz distante de su hijo, rogándole que no muriera.

Antes, una bala le había perforado la columna y su pronóstico era desalentador. Llegó agónico luego del asalto del que él y su familia fueron víctimas. Y pasó cuatro meses en la Unidad de Cuidados Intensivos de una casa de salud, en el sur de Quito.

Hoy, 7 años más tarde, aún quedan secuelas físicas y emocionales de esa noche de agosto de 2013. Patricio las enfrenta desde una silla de ruedas.

El disparo en su espalda lo dejó paralizado de los hombros hacia abajo. Su esposa, Geovanna Collaguazo, cuida de él. “No ha sido fácil”, explica ella desde la sala de su vivienda.

El hombre con el que aceptó compartir su vida hace más de 25 años depende de sus cuidados. Geovanna lo baña, lo viste y lo alimenta. Tareas que sin el amor que siente no serían posibles.

Nada ha sido igual desde esa trágica noche. El tiempo, los gastos y la nueva situación los condujeron a cerrar el negocio familiar.

Las constantes terapias y tratamientos que requería Patricio los orilló a vender el auto, sacar préstamos y buscar otra forma de sustento para evitar que los chicos quedaran sin estudios.

Salir adelante

Geovanna mantiene el hogar con su ingenio. Cuando la crisis se asentó en el hogar decidió salir adelante con la venta de empanadas de verde. Cada jueves y viernes elabora más de 400 bandejas (de cuatro empanadas cada una) que, después, las ofrece entre sus vecinos y conocidos a un dólar. “Me encargo de la promoción... Aviso a los amigos para que nos hagan el gasto”, asiente Patricio.

Trata de sentirse útil, aunque no niega que ha sido difícil el giro que dio su vida. Antes era un hombre ágil y deportista. Corría maratones, se encargaba del local y estaba pendiente de los hijos.

Juntos en el amor y en la enfermedad
Geovanna es quien mantiene ahora el hogar; ella hace empanadas para vender.

Ahora son ellos quienes lo cuidan: le brindan un vaso con agua, le rascan el rostro cuando siente comezón y lo acompañan en las tardes de ocio.

Toda la atención de la familia Abata - Collaguazo se centra en Patricio. Él valora los cuidados, pero le preocupa que el resto de su núcleo también se haya visto afectado por temas de salud.

El mayor de sus hijos fue diagnosticado con queratocono (una patología degenerativa de la córnea) hace tres años.

Sin embargo, la situación económica impidió que accediera al tratamiento. Su estado actual es delicado. Según sus padres, él necesita un trasplante de córnea para no perder la vista.

El chico es becado en una universidad de Latacunga, en Cotopaxi. Allí, cursa los primeros semestres de Electrónica de Aviación.

La salud de Geovanna tampoco está bien. Hace un tiempo le detectaron miomas (tumores) en el útero y deben extirpárselos. “No puedo hacerme la cirugía ahora. Todos dependen de mí. Si no estoy, mi casa queda hecho un caos”, narra Collaguazo.

El asalto

Ese sábado de agosto, Patricio, su esposa y los niños llegaban a casa. Habían culminado la jornada laboral en el negocio de ropa que regentaba la familia en un centro de comercio mayorista en Guajaló.

De repente vieron un auto estacionado cerca del ingreso a su parqueadero. De ahí le dispararon. El proyectil atravesó la ventana del auto y entró en la columna de Patricio.

El otro tiro le llegó en el brazo. “No me han sacado la bala... Mi vida corría peligro y esa no era una prioridad”, señala Patricio.

Del lado del copiloto había otro sujeto golpeando a Geovanna. Trataba de arrebatarle el delantal en el que llevaba la ganancia del día. “Le clavó una tijera en el hombro para quitárselo... Ahora sabemos que nos tenían bien estudiados, pero en ese momento no sabíamos qué pasaba. Nunca nos dijeron que era un asalto”.

Luego huyeron. Mientras tanto, los vecinos llamaron a emergencias.

Patricio fue operado cuatro veces. Los médicos creían que no sobreviviría y no tenían previsto retirarle los soportes vitales. Sin embargo, un día mientras lo movían Patricio fue desconectado de los aparatos.

No murió. “Al principio me costaba respirar, pero fui entrenándome poco a poco hasta acostumbrarme”, dice.

De los hombres del asalto no se supo nada. La Policía no pudo dar con su paradero y la investigación quedó varada “por falta de pruebas”.

“Ya los he perdonado. Estoy en paz. Solo le digo a la gente que valore la vida... Uno extraña mucho cuando ya no tiene esas facultades”.